EL OLOR INVISIBLE DEL RECUERDO - CUENTO 44 - CAPÍTULO 4
Mientras miraba el atardecer por mi ventana, empecé a recordar mi infancia en Lima. Lo recordaba mientras la lluvia intensa humedecía la casaca de un niño pequeño que cruzaba la calle, con su pelota en la mano, frente a mi ventana. Ventana que nunca me hizo recordar mi pasado, solo en este preciso momento en que el niño con cabello largo ensortijado y camiseta de un club deportivo local saltaba y saltaba de alegría. Probablemente porque había ganado un partido de futbol, o quizás porque simple y llanamente vivía su presente. En ese momento aprendí que los recuerdos llegaban siempre de imprevisto y que te enseñan a ver a tu pasado desde otro punto de vista.
Luego de un momento de estar navegando en el espacio, intentando recobrar recuerdos antiguos de mi niñez, regresé al presente. Al día lluvioso y templado pero también a ver al niño por la ventana. Está vez ya no estaba saltando y mucho menos riendo de alegría. Lo vi sentado en el suelo con la cabeza agachada, sin pelota y sin ánimos. Intenté buscar la pelota cerca de su sitio pero no la encontré. Qué habrá pasado, me pregunté. Quizás al saltar y dar bote la pelota, chocó con algún objeto que hizo que a su vez que esta se desviara y perdiera. No lo sé, solo lo estoy imaginando. O quizás solo se dio cuenta de lo cruda que estaba la realidad y no quiere gastar energía con risas y brincos.
Al día siguiente, regresando a mi casa vi que algo redondo sobresalía de un pequeño árbol al final de la calle. Me acerqué. Dirigí la mirada hacia la copa del árbol y ahí estaba. Parecía nueva. Era una pelota pequeña, más pequeña que lo normal. Intenté sacarla de entre las ramas. No pude. Busqué algún palo o rama. Encontré una larga pero muy delgada. No sirve. Busqué otra. Encontré una más corta pero gruesa. Está puede servir. Me acerqué al árbol y me coloqué justo debajo de ella. Recordé que era muy bueno lanzando dardos. No puede ser tan difícil. Luego de ocho intentos ya mi brazo se me estaba empezando a adormecer. De acá nadie me mueve hasta sacar esta bendita pelota. Y luego de diez intentos más y 20 minutos después logré hacer que la pelota caiga.
Luego de estar una semana viendo por la ventana todas las tardes, me di cuenta que ningún niño pasaba por ahí ni pasaría tampoco. Pues me enteré ya tarde que luego del fin de semana, los colegios habían empezado clases y probablemente ya no vería mas a ese niño hasta las próximas vacaciones. Mi intento de devolver la pelota perdida al niño se fue desvaneciendo como lo hacen los recuerdos cuando no los alimentas de intriga ni intención. Ahora esta pelota quedará en mi recuerdo de aquel niño que aprendió a crecer a la fuerza, que dejó su niñez por una bendita pelota perdida.

Comentarios