EL DUENDE DE MONTAÑA QUE ATRAPÉ EN MI COCINA - CUENTO 40 - CAP 91

 Atrapé a un duende de montaña. Era parecido a una persona, al menos eso parecía, con un rostro de anciano pero muy ágil y muy pequeño, apenas unos centímetros de alto, orejas puntiagudas, robusto y con la piel cubierta de polvo. Corría muy rápido. Me costó mucho atraparlo pero al final lo logré. Lo tengo prisionero en un frasco de vidrio. Algunos de ustedes dirán, pero qué inhumano (a pesar de que no lo es) o quizás qué macabro acto de perversión, sin embargo, lo que sucede es que aún no les he contado qué pasó. Probablemente nunca lo sepan pero fue la peor experiencia que tuve en mi vida. Lo único que puedo decirles fue lo que sentí. Apenas sucedió la terrible experiencia metafísica, originada por este duende de montaña, se me escarapeló el cuerpo, la piel se me tornó roja por el calor y las manos me sudaban tanto que me era difícil sostener algo. El corazón empezó a palpitar de manera exagerada, intensa, casi colapsa. Las venas de mi cuerpo empezaron a hincharse y me sentí mareado. Casi me caigo de la impresión. Me sostuve apenas con las piernas que me temblaban. Sentí un aire congelado que me trepaba las piernas, el vientre y los hombros. La ira se apoderó de mi. Sostuve el frasco con mis brazos, de manera muy incómoda, sin embargo, pude colocarlo en un lugar invisible para el duende de montaña. De pronto, cuando menos se lo esperó lo tenía encerrado con un tapón a presión. Su fuerza casi logra destaparlo, pero coloque una caja de madera rellena de piedras encima para que no se escape. Cuando lo tuve seguro, dentro de su jaula de vidrio, respiré. La piel la sentía escamosa, como si un clima seco remeciera mi casa. Probablemente, la duda y sorpresa del duende de montaña lo confundía y su magia tenebrosa hacía que la atmósfera cambie de alguna manera. Escuché que eso hacían los duendes de montaña, es por eso que no me asombraba. Luego de unos minutos el duende se sentó de rodillas, cerró los ojos y su cuerpo empezó a endurecer. Se petrificó. Quizás la falta de oxígeno, quizás el hecho de estar encerrado, quizás la culpa sobre lo que había hecho, no lo sé, pero se transformó en piedra. Nunca más revivió. Así murió, con sus ojos cerrados, su cuerpo inmóvil, petrificado y con una expresión meditativa. Y acá lo tengo de adorno. No se lo enseño a nadie. Nunca lo haré. Quizás lo deje en las montañas, que es de donde proviene. Quizás lo entierre o queme. No vale la pena verlo. Nadie debe acordarse de él. Debe de olvidarse, así como este relato. Espero que nadie se acuerde ni siquiera de este texto. Y tampoco de mi, del único ser que atrapó a un duende de montaña. Olvídense de mi. 



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