EL APAGÓN Y EL SALTO ENTRE UNIVERSOS - CUENTO 37 - CAP 76
Luego de comprar mi pasaje para Paris en la computadora, ubicada en la sala de mi casa, se fue la luz. Estuve en tinieblas toda la noche. Me iba a llegar un correo de validación de que lo había comprado exitosamente, pero supuse que lo recibiría de igual forma y ya cuando llegue el fluido eléctrico lo revisaría. Por la mañana, el apagón continuaba y el clima de la casa se sentía muy sola. Luego de una hora me di cuenta que ni los pájaros ni las bocinas de los autos, ni el martilleo incesante de la construcción del frente de mi casa hacían bulla. Todo quedó en silencio. Salí al balcón y no recordaba la última vez que lo había visto así. El silencio estuvo no sólo en el aire, sino también en la tierra, pues ningún ser vivo asomaba ni por casualidad por la calle de enfrente. Eso sí que fue muy extraño. El perro del vecino tampoco asomaba su hocico por la reja de su casa. Nada ni nadie. Fue asombroso al comienzo pero luego aterrador. Parecía que había entrado a una dimensión paralela desconocida en donde el silencio y la soledad reinaba. Además, todo estaba muy limpio, demasiado limpio en realidad. Salí con mi auto a recorrer las calles, por curiosidad, y el escenario era el mismo, Regresé a casa. Me alisté, me puse ropa cómoda y llené la maleta de ropa cómoda también. Fui al aeropuerto. Al entrar ya podía percibir la soledad. Entré por el control de aduanas y había una máquina nueva. Un cartel al lado de ella daba instrucciones de cómo, dónde y qué hacer con tu pasaporte. Lo seguí al pie de la letra y se abrió una puerta. Entré a otra habitación grande con una faja automática, de aquellas en donde pones la maleta y pasan por una máquina de detección de objetos extraños. Pasé mi maleta por ahí, caminé hacia otra puerta, salí por otra habitación en donde me esperaba mi maleta ya revisada. Cogí la maleta y me dirigí hacia donde las flechas me indicaban. Salí directamente a un hangar reluciente, amplio, limpio y lleno de aviones pequeños. Me subí al avión que me indicaban unas flechas electrónicas, hechas de neón. La cabina del piloto estaba cerrada. Encontré mi asiento. Era un asiento muy cómodo y ergonómico. Me relajé. Incliné mi asiento y me quedé dormido. Me desperté luego de cinco horas. El avión ya en el aire pasaba por ciudades y campos verdes. Pasaron tres horas más y llegué a mi destino. Paris. Al bajar me di cuenta que no había nadie tampoco. De pronto comprendí que así sería mi vida. La soledad y el silencio abarcaría el resto de mi existencia, hasta la muerte.

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