EL OSO DE PELUCHE DE FUEGO - CUENTO 23 - CAP 39
El oso de peluche que le regaló la novia de José olía raro, diferente. El olor a húmedo, guardado, salado, mohoso, le recordaba a los animales salvajes que divagan por el bosque, en los Alpes suizos. Sin embargo, lo guardaba cuidadosamente en su cuarto, en una esquina superior de una repisa. Un poco empolvado, se mantenía sentado, incólume, mirando al frente como si estuviera custodiando la habitación.
Un día, luego de que José invitara a algunos amigos a su casa, prendieron algunas velas, inciensos y practicaron un ritual oscuro, secreto. Al finalizar con el culto, dejaron algunas velas prendidas. Los inciensos sí los apagaron pues la madre de José es sensible a los olores fuertes. Los amigos de José se retiraron a sus casas, José se quedó dormido leyendo el cuento de Edgar Allan Poe “el corazón delator”, insistiendo en que es imposible que un corazón tenga tal poder ante el asesino. Reflexionando sobre el tema, olvidó apagar las velas. Dos de las 66 que habían prendido se cayeron debido a que se habían quedado con el plástico de su empaque. Aquellas prendieron a su vez el tapizón rojo que cubría el sótano de la casa de José. Eso causó que se prendieran las paredes que estaban recubiertas de papel tapiz. Lo que a su vez, generó un incendio en el primer piso y seguidamente en el segundo. En cuestión de minutos, la casa se prendió en su totalidad. Afortunadamente, José y su madre lograron salir ilesos pues al percibir el olor a quemado, se escabulleron por la puerta de la cocina al patio trasero.
Días más tarde, cuando los bomberos regresaron para estudiar la causa del incendio, encontraron el oso de peluche intacto, incólume, un poco quemado por sus patas pero en buen estado. José lo conservó hasta el final de sus días, pues aseguraba que era su ángel guardián, su protector, su protector de otro mundo.

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