EL DUENDE Y LA VELA - CUENTO 8 - Cap 200

 Encendí la vela. La coloqué en mi escritorio. Mi escritorio era cuadrado, de madera y su color era color madera también. No tenía mucho tiempo para cumplir con mi tarea de la escuela porque la vela era pequeña. Tenía tarea de matemáticas. Odio las matemáticas. Mi perro se posó en mis pies. Los calentaba. Tenía un poco de frío. Mi perro, no yo. Puse un poco de música mental. En mi mente sonaba la sonata de Beethoven, aquella popular que tiene nombre de esperanza, ah no, perdón de Alegría. Empecé. Cuatro elevada a la potencia de… uy no, tengo que apagar la vela, no se vaya a despertar el duende que vive conmigo. Soplé la vela. La vela se apagó. Hola, dijeron desde el fondo de la habitación. Se escuchó un gruñido de mi perro y luego silencio. No escuché nada más hasta la mañana siguiente. Amaneció y mi perro ya no estaba. Nunca más apareció. Hasta pronto Bobby. Nos vemos pronto.  


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