Abrí el libro de matemáticas pero lo cerré inmediatamente. No tenía ganas de pensar en números ni ecuaciones. Estaba cansado por haberme quedado hasta tarde estudiando el día anterior. En la mesa, de forma extraña, el libro de meditación estaba esquinado, no alineado, sobresalía por sobre el resto. Como si estuviera puesto ahí para que lo tome en cuenta. Y eso fue lo que hice. Lo sostuve en mi mano, escogí una página al azar, y me dije, si las primeras palabras que lea son interesantes, tomo un rumbo diferente en mi vida. “… la intensidad equivale, como lo dijimos anteriormente, a situaciones perplejas relacionadas con la metafísica y el direccionamiento eventual del pensamiento positivo…” No me dice nada. No entiendo, mejor escojo otro libro, lo dije en voz baja, sin embargo, continué leyendo. “…el cual coincide con la verdad absoluta, que de absoluto no tiene nada y de verdad tampoco, por ende, la distrofia cognitiva, intensificado por la regularidad en la idea multilingui...
Soñé con un muerto, y con otra persona que no respiraba. El muerto estaba tendido en el suelo. La persona que no respiraba descendía del cielo, como si levitara, envuelto de un resplandeciente velo de vapor, como si su aura estuviera prendida en llamas invisibles. Todo estaba nublado, borroso, era difícil distinguir entre el noche y el día. El muerto yacía inerte con los ojos cerrados. La persona que no respiraba no tenía nariz ni boca pero sentía que se comunicaba conmigo, que me hablaba, que me decía que todo iba a estar bien, que era mi cuerpo el que estaba ahí, acostado y que ahora debía seguirlo hacia la luz. Tengo miedo, no debería de sentir miedo si estoy muerto, pensaba. No recuerdo nada. Qué pasó, por qué no reconozco mi cuerpo, ese soy yo? No quiero irme de este mundo, despierta, despierta, ¡despierta!
El fotógrafo de la ciudad se despertó aquella mañana con un sueño extraño. Con una sensación diferente a la de siempre. Un vacío en el estómago acompañaba dicha sensación. No le hizo mucho caso. Tomó un vaso de jugo de naranja. Cogió un pedazo de pastel de cumpleaños que había sobrado el día anterior, pues fue cumpleaños de su esposa. Salió rápidamente. Llevó su laptop, cámara fotográfica y una libreta de notas. Como siempre. Luego de un par de horas, las sirenas de la ciudad empezaron a sonar estrepitosamente. No era un ejercicio de practica, no era una simulación ni nada parecido. Era real. La guerra había empezado. Por el momento, los aviones enemigos surcaban los cielos de la ciudad sin detenerse. Los pájaros se escondían en la copa de los árboles, así como las personas en el sótano de sus casas. Todos sabían que esto iba a ocurrir, solo que nadie esperaba que sea tan pronto. Fue en ese momento en que el fotógrafo decidió subir al edificio mas alto de la ciudad para toma...
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